Esta semana, a mediados de julio, después de los enfrentamientos armados en la Cota 905, El Cementerio y La Vega, he perdido la noción del tiempo.
El jueves, desde muy temprano en la madrugada estuve consciente de la situación. Tenía guardia en el ancianato donde vive mi mamá, y porque sí, necesitaba trasladarme hasta allá. Fue un viaje difícil y no les voy a mentir, sentí miedo durante todo el trayecto. Me sentí expuesta y al mismo tiempo acompañada ya que hubo varios amigos que estuvieron en contacto conmigo durante todo el camino. Llegado el momento, me desconecté de los amigos, para poder estar centrada en mis propias decisiones. Llegué con bien al ancianato.
Estuve todo el jueves, salí el viernes y regresé el domingo.
Todavía retumba en mí el sonido de los disparos y las granadas y con ellos la urgente necesidad de transitar un camino individual y colectivo hacia la paz.
El sábado comencé a dibujar un mandala de doble espiral, con el compás. Al momento no tenía claro la intención. Dibujé las dos espirales a lápiz y guardé el dibujó para comenzar a pintarlo en el ancianato. El domingo no tuve la disposición. Lo tenía presente pero no tenía la energía aún para pintarlo.
El lunes por la noche, en la tranquilidad que me dio el silencio libre de las balas, me conecté con mi propio camino hacia la paz y pude visualizar que en algún punto ambas espirales, aunque paralelas, se pueden encontrar. Desde esa sensación decidí transitar el camino. Primero tomé un marcador negro y recorrí el camino de la primera espiral, de adentro hacia afuera, muy lentamente y me di cuenta de que era un camino delicado y que necesitaba transitar con cuidado, pasito a pasito. Al terminar esa espiral comencé a transitar la segunda espiral con el marcador, esta vez de afuera hacia adentro. Fue una experiencia conmovedora e impactante para mí, ya que estoy acostumbrada a hacer mi trabajo de adentro hacia afuera y darme cuenta de que también es necesario transitar desde el entorno hacia el corazón fue una revelación para mí.
Una vez mirando ambas espirales y consciente de que ambas direcciones son igualmente importantes, decidí comenzar a colorear la primera espiral con diferentes tonalidades de verde y para mi sopresa, comencé de afuera hacia adentro. Tenía claro que el punto de encuentro sería en el centro y que esté sería de luz. Me di cuenta de que había partes oscuras y otras más claras y me dejé llevar por lo que me dictaba el corazón.
Comencé a pintar la segunda espiral de amarillo y fue una sensación extraña empezar por el punto de encuentro. No me resultó agradable hacer el camino inverso hasta llegar al extremo exterior en el que no había encuentro sino dos espirales paralelas.
Sentí que el mandala en su extremo externo quería ir hacia adentro de nuevo para realimentarse y reaprender una y otra vez de cada experiencia.
Convertí las líneas paralelas en curvas que se encuentran y entran de nuevo en la espiral y se conectan con el centro. Eso me dio sensación de bienestar. Mi corazón es mi hogar, mi lugar seguro.
Lo dejé reposar. En el interím empecé a sentir que la vibración del mantra Om Shanti Om y lo visualicé a lo largo de ambas espirales y pude sentir con claridad el recorrido del mantra de afuera hacia adentro y viceversa. Escribí el mantra en cada espiral sintiendo una energía al mismo tiempo con mucha fuerza y con delicadeza. La vibración se extendía hacia afuera de las espirales. No sabía cómo expresarlo. Era la luz. Tomé el color dorado y le hice una pequeña vuelta alrededor con dorado. No era suficiente. Fui coloreando hasta que me di cuenta de que quería expresar que la luz iba más allá del entorno que es el papel, así que fui ampliando y ampliado hasta dar la idea de que la luz llega más allá.
Lo miré y sentí que aún faltaba algo. Quizá resaltar los caminos. Entonces lo vi: un camino de puntos blancos que muestre cada paso que damos en el camino de la paz. Wow pintar cada punto de manera consciente y centrada en mi objetivo fue una experiencia alucinante.
Y entonces sentí que el mantra también estaba en el entorno de luz dorada y pinté primero el de la parte inferior en grande. Cuando fui a escribir el de la parte superior me encontré con que me resultaba hacerlo sin dañar los puntos blancos del camino. Decidí voltear la hoja y escribir mirando desde arriba. Qué reto! Implicó escribir las letras desde un punto totalmente diferente. Por supuesto que algunas me quedaron torcidas, unas pequeñas, otras grandes, unas finas otras gruesas.... Soy consciente con esta experiencia de lo retador que resulta tomar acción desde otro punto de vista.
Y es que el camino a la paz es así: lleno de retos que nos permiten evolucionar a nivel individual y colectivo, pleno de diversidad de puntos de vista, y también de imperfecciones que lo hacen único.

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